En el centro de un jardín botánico se erige un gingko centenario que presencia el paso del tiempo y sirve de vínculo entre tres historias separadas por décadas. La directora húngara Ildikó Enyedi une estas narrativas para examinar la interacción entre la ciencia y el mundo vegetal, y cómo ambas influyen en la percepción humana.

La primera línea temporal, ambientada en 1908, sigue a Grete, la primera mujer aceptada en la universidad, quien debe enfrentar el escepticismo y la discriminación de un claustro académico dominado por hombres. En esta etapa, la fotografía es su herramienta para descifrar la naturaleza, revelando patrones escondidos en plantas como coles y geranios. Este segmento enfatiza la lucha por el acceso al conocimiento en un contexto patriarcal, mostrando cómo la imagen se convierte en una forma de resistencia intelectual.

En la década de 1970, la historia se traslada a Hannes, un joven granjero inicialmente ajeno a la botánica, que comienza a descubrir una sensibilidad nueva a través del contacto con Gundula, una estudiante apasionada por medir las reacciones de las plantas ante la presencia humana. La película refleja aquí el choque entre la rigidez masculina y el aprendizaje de una sensibilidad más profunda, en un ambiente donde el activismo político de fondo parece menos relevante que las transformaciones íntimas en una habitación cerrada.

Finalmente, en 2020, la trama aborda el confinamiento desde la perspectiva de Tony Wong, un neurocientífico en un campus vacío, interpretado por Tony Leung Chiu Wai. Su trabajo sobre la percepción infantil lo lleva a establecer un vínculo experimental con un gingko, mientras mantiene diálogos a distancia con la botánica Alice Sauvage. Esta parte se centra en los retos de la comunicación y la conexión entre especies, sin idealizar el encierro sino mostrando su efecto en la obsesión y la reflexión científica.

Enyedi opta por un enfoque cinematográfico que diferencia cada época mediante distintos formatos: el blanco y negro para 1908, el 16 mm para los años setenta y la imagen digital para el presente, reforzando la tensión entre pasado y presente. La directora evita dramatismos exagerados, manteniendo un tono sobrio y contemplativo, que invita a la audiencia a una observación pausada y atenta.

Con esta estructura, «El amigo silencioso» no solo es una exploración del vínculo humano con las plantas, sino también una reflexión sobre cómo la ciencia, la sensibilidad y las relaciones personales se filtran a través del tiempo, observadas bajo la sombra constante de un árbol milenario que sigue ahí, mudo testigo de la historia.