Noruega, a pesar de su perfil como líder mundial en energías renovables, reafirmó su posición como uno de los principales proveedores fossiles del continente europeo. El gobierno anunció la reapertura de tres yacimientos de gas natural en la plataforma Ekofisk, cerrados hace más de 30 años, con la expectativa de reactivar su producción a finales de 2028 y mantenerla operativa hasta 2048.

Estos pozos, descubiertos en los años setenta y clausurados desde 1998, formarán parte de un proyecto que incluye una inversión cercana a los 19.000 millones de coronas noruegas por parte de un consorcio liderado por ConocoPhillips. Se crearán cuatro nuevos sistemas submarinos para extraer entre 90 y 120 millones de barriles equivalentes, con un impacto directo en el empleo local, generando unos 7.600 puestos de trabajo durante toda la vida útil del proyecto.

El gas extraído será canalizado principalmente hacia Europa, con destino a Alemania y Reino Unido. Esta decisión surge en un contexto marcado por la guerra en Medio Oriente y bloqueos en rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz, que han alterado el suministro mundial y aumentado la dependencia europea en Noruega como proveedor energético.

Además, el gobierno noruego otorgó 70 nuevas licencias de exploración, la mayoría en áreas delicadas como el Mar de Barents, donde la explotación se acercará más que nunca a las costas. Según sus datos, solo se ha explotado aproximadamente la mitad de los recursos de gas estimados en territorio noruego, quedando más del 50% sin extraer.

Estas decisiones se enmarcan en la pretensión oficial de Noruega de fortalecer la seguridad energética europea. En 2024, el país exportó gas equivalente a más del 30% del consumo total de la Unión Europea y el Reino Unido. El ministro de Energía ha destacado que la producción nacional es vital para el continente y también un apoyo ambiental frente al uso del carbón, ya que el gas natural genera la mitad de emisiones de CO2 en la generación eléctrica.

Desde la perspectiva ambiental, el gas se considera un respaldo esencial para las renovables, por su capacidad para equilibrar la producción eléctrica cuando la energía eólica o solar no están disponibles. No obstante, esta estrategia refuerza también el papel de Noruega como exportador de combustibles fósiles en un mundo que, por otro lado, intenta avanzar hacia la descarbonización.