La pugna geopolítica entre Estados Unidos y China ha cruzado el Pacífico y se extiende ahora hacia Sudamérica, donde la región andina y el desierto de Atacama se han transformado en escenarios decisivos para la carrera espacial y tecnológica. La altitud, el clima seco y la baja contaminación lumínica convierten estos territorios en algunos de los mejores del mundo para la observación astronómica, un recurso que ambos países buscan aprovechar por motivos científicos y militares.

En Argentina, un proyecto emblemático es el radiotelescopio chino de gran escala instalado en San Juan. Su construcción fue detenida tras presiones diplomáticas de Washington, que teme que esta instalación no solo observe fenómenos espaciales sino que también sirva para vigilar satélites estadounidenses y potenciar las capacidades espaciales chinas en el hemisferio occidental. Aunque en principio estaba destinado a la cooperación científica, el equipo permanece desmontado y en trámites aduaneros desde que se paralizó.

Chile también es un foco de esta disputa. En el desierto de Atacama, un complejo con más de cien telescopios inicialmente promovido por China fue bloqueado tras la intervención de Estados Unidos, que cuestionó el verdadero uso estratégico del proyecto. Se sospecha que esta infraestructura podría incluir sistemas para la defensa y apoyo a comunicaciones militares, más allá de la simple vigilancia astronómica.

Este fenómeno refleja cómo la tecnología espacial, antes dominada por proyectos académicos o internacionales, ha adquirido un perfil geopolítico crucial en la llamada “nueva Guerra Fría”. Estaciones espaciales, radiotelescopios y antenas en Sudamérica ya no son solo herramientas científicas, sino piezas claves en la construcción de poder estratégico global.

La preocupación estadounidense sobre estas instalaciones se manifestó bajo diferentes administraciones, lo que indica un consenso estratégico sobre la amenaza que representan ciertas inversiones chinas en la región. La rivalidad espacial, por tanto, se despliega en un terreno donde la geografía y el clima juegan un rol fundamental en la configuración del poder tecnológico y diplomático entre las dos potencias.