El cáncer de ovario representa uno de los tumores ginecológicos más agresivos por la complejidad de su detección en fases iniciales, lo que complica el diagnóstico temprano y reduce las posibilidades de un tratamiento efectivo. Aunque no es el más común, la dificultad para identificarlo a tiempo hace que su tasa de supervivencia varíe significativamente según el estadio en que se diagnostique.

En España, se registraron miles de nuevos casos durante el último año, predominando en mujeres posmenopáusicas con edades entre 50 y 75 años, con una media cercana a los 63 años. El tipo más usual es el carcinoma epitelial, encargado de casi la totalidad de los casos, que se origina en las células que recubren la superficie ovárica. Otros tipos menos frecuentes incluyen los tumores de células germinales, comunes en mujeres jóvenes, y los del estroma, que afectan las células hormonales del ovario.

La ausencia de síntomas específicos dificulta aun más la detección precoz, ya que los signos que aparecen suelen ser vagos y fácilmente atribuibles a otras afecciones benignas. Expertos recomiendan consultar al médico cuando ciertos síntomas se presentan con frecuencia durante el mes, para evaluar la posibilidad de esta enfermedad.

Algunos de los síntomas más comunes asociados al cáncer de ovario incluyen:

  • Dolor o molestia pélvica constante o recurrente.
  • Hinchazón abdominal persistente.
  • Sensación de llenura rápida al comer.
  • Necesidad frecuente de orinar.
  • Cambios en los hábitos intestinales, como estreñimiento.
  • Fatiga prolongada o inexplicable.
  • Pérdida de peso no intencionada.
  • Molestias durante las relaciones sexuales.

El diagnóstico implica un proceso multidisciplinario que inicia con una valoración médica que incluye el examen físico y antecedentes, seguido de pruebas analíticas, como la determinación del marcador tumoral CA-125, ecografías pélvicas o transvaginales, y estudios de imagen como la tomografía computarizada o la tomografía por emisión de positrones. La confirmación definitiva llega mediante biopsia, esencial para establecer el tipo de tumor y su extensión.

El tratamiento combina cirugía especializada por ginecólogos oncológicos y terapias complementarias como la quimioterapia y tratamientos dirigidos, dependiendo de las características específicas de cada tumor. La investigación sigue siendo fundamental para mejorar las herramientas de diagnóstico precoz y las opciones terapéuticas, con el fin de aumentar la supervivencia y la calidad de vida de las pacientes.