El término curving describe una práctica cada vez más común en las relaciones modernas, especialmente entre la generación Z, en la que una persona evita concretar una cita posterior mostrando una actitud ambivalente. En lugar de rechazar directamente, se aleja poco a poco, dejando a la otra persona confundida y sin una respuesta clara.
Según la psicóloga Susana Martínez, el curving implica un distanciamiento gradual que evita un compromiso o una comunicación explícita sobre el fin de la relación. Esta ambigüedad puede generar frustración y malestar en quien la recibe, ya que no puede interpretar correctamente la situación ni cerrar el vínculo emocional. De esta manera, el rechazo queda disfrazado y se convierte en algo sutil y difuso.
El psicólogo Rafael Alcaraz Sánchez señala que esta conducta puede desencadenar efectos negativos como ansiedad, culpa, inseguridad y un desgaste emocional considerable. La falta de claridad supone una forma de irresponsabilidad afectiva y una falta de respeto, pues quien practica el curving evita enfrentar la conversación madura que implicaría ser honesto y directo sobre su falta de interés.
Para identificar el curving se pueden observar señales como respuestas ambiguas —por ejemplo, contestar «quizá» ante una propuesta para verse—, mensajes monosílabos que cortan conversaciones sin declararlo explícitamente o cambios de tema ante la intención de concertar un encuentro. A diferencia del ghosting, en el curving la persona no desaparece, sino que mantiene el contacto de forma vaga y evasiva, diluyendo cualquier propuesta de avanzar en la relación.
Si detectas que alguien te está haciendo curving, es fundamental aceptar esa realidad y no alimentar falsas esperanzas. La persona que actúa así no desea continuar el vínculo, pero carece del valor necesario para decirlo abiertamente. Reconocer esta dinámica permite proteger el propio bienestar emocional y buscar relaciones basadas en la honestidad y el respeto mutuo.
