Los incendios forestales que se consideran de sexta generación han cambiado radicalmente el panorama de los siniestros en España. Desde el incendio del Solsonès en 1998, donde las llamas avanzaron a cuatro kilómetros por hora —una velocidad sin precedentes en Europa—, los episodios se han vuelto más frecuentes, veloces y devastadores. Este incendio quemó 27.000 hectáreas en solo 12 horas, marcando un antes y un después en la gestión y comprensión de los incendios.

La crisis climática, impulsada por la actividad humana, ha intensificado las condiciones extremas que facilitan estos incendios. Según estudios del climatólogo Javier Martín-Vide, en las primeras décadas del siglo XXI se ha duplicado la frecuencia de olas de calor en comparación con finales del siglo XX. Estas olas no solo son más frecuentes, sino también más intensas, prolongadas y anticipadas, creando el ambiente ideal para que los incendios se desarrollen rápidamente y con mayor virulencia.

Ejemplos recientes confirman esta tendencia. El incendio de La Jonquera en 2012 consumió 12.000 hectáreas apenas en siete horas. En 2021, en Santa Coloma de Queralt, el fuego avanzó a un ritmo de 500 hectáreas por hora. El año siguiente, en el Pont de Vilomara, el incendio alcanzó 14 hectáreas en solo 15 minutos y 100 hectáreas en menos de una hora. Un caso destacado es el fuego en Cervera de la Marenda-Portbou, que avanzó entre 6 y 7 kilómetros por hora, alimentado por una sequía estructural y fuertes vientos, y afectó casi 900 hectáreas, además de registrarse en abril, un mes fuera de la temporada tradicional de incendios.

Las condiciones que favorecen estos incendios son una combinación de bosques con problemas en su gestión, temperaturas excepcionalmente altas y vegetación seca tras semanas sin lluvias.

Marc Castellnou, inspector en jefe de los Grupos de Actuación Forestal (GRAF) de los bomberos de la Generalitat, señala que el principal factor que agrava el riesgo es la persistencia prolongada de las olas de calor, que saturan térmicamente la vegetación. Estas sequías térmicas superan a las olas de calor de los años 90, que duraban pocos días y no permitían acumular tanta inercia térmica. Ahora, las olas se concatenan sin descanso, facilitando incendios cada vez más intensos y difíciles de controlar.

El incendio de Torrefeta y Florejacs, ocurrido el año pasado en la Segarra, afectó más de 5.500 hectáreas y causó dos muertes. Durante esos días, las temperaturas rozaron los 40 grados, muy por encima de la media climática habitual para la época, demostrando que el cambio climático altera gravemente el ciclo natural y la seguridad de amplias zonas forestales.