Para Sue 975, el grafiti representa una «voz democrática» esencial dentro del espacio urbano, accesible para todos sin las barreras económicas o institucionales que limitan otras formas de arte. Su libro, Tratado del Ilustre arte del grafiti, recorre la evolución de esta manifestación que va del tag a murales, transitando de la calle a una expresión cultural que reconfigura el entorno público.
El artista señala una tensión permanente entre grafiteros, autoridades y la sociedad, donde incluso existen brigadas especializadas en identificar y sancionar grafiti, utilizando herramientas como el análisis grafólogico. Critica que estas medidas a menudo inflan el daño causado para justificar sanciones desproporcionadas, afectando negativamente a jóvenes creadores.
Sue 975 sostiene que el grafiti es un indicador de la libertad dentro de una sociedad. A menor grafiti, dice, hay mayor sensación de seguridad pero también un retroceso en las libertades cívicas. Esta práctica artística no solo es un medio de reivindicación, sino una manera directa de comunicación que invita a la participación ciudadana en el espacio público.
El libro propone una estructura basada en máximas que no exige lectura lineal, y abarca aspectos técnicos y sociales desde el «bombardeo» en trenes hasta la importancia de la fotografía para conservar un arte efímero. Además, promueve un «grafiti ético», animando a los artistas a reflexionar sobre el impacto de sus intervenciones y a evitar daños en pequeños comercios o espacios vulnerables.
El artista impulsa la idea de que todos deberían tomar spray o tiza para expresar sus demandas en los muros, considerándolos un soporte efectivo para la protesta y el mensaje social. A su juicio, esta forma de manifestación tiene más impacto que otros canales y resalta su valor como herramienta de comunicación directa.
