El Mundial de 2026, organizado por Canadá, Estados Unidos y México, se presenta como un torneo comprometido con la sostenibilidad, pero especialistas alertan que podría terminar siendo el más contaminante en la historia del fútbol. Lejos de reducir su huella ambiental, se estima que las emisiones de dióxido de carbono podrían superar las de ediciones anteriores debido a la multiplicación de sedes, el aumento de equipos participantes y una logística que implica mayores traslados.
La FIFA y los organizadores propusieron un enfoque basado en cuatro pilares: social, medioambiental, económico y de gobernanza, con la intención de mostrar un compromiso integral. No obstante, a nivel práctico, estas promesas enfrentan serias limitaciones. Aunque esta edición evita la construcción masiva de estadios nuevos —contrario a lo sucedido en Qatar 2022, donde se inauguraron casi todos los recintos—, el uso de infraestructuras existentes no suple el aumento en otras fuentes de contaminación.
El Mundial de 2022 en Qatar fue señalado por su elevado consumo energético, principalmente por la refrigeración de estadios en el desierto y los vuelos asociados, con emisiones oficiales de 3,6 millones de toneladas de CO₂, cifra que algunos expertos consideran subestimada. En contraste, aunque el plan para 2026 evita construcción nueva, el crecimiento en el número de equipos y la dispersión de sedes en tres países amplía la huella de carbono por traslados en avión, transporte terrestre y operaciones logísticas. Además, la implementación insuficiente de medidas adaptativas reduce las posibilidades de una verdadera reducción en el impacto ambiental.
Expertos que analizaron la situación desde la perspectiva climática advirtieron que este torneo puede convertirse en un caso de «greenwashing» o ecoimpostura. Esto significa que las declaraciones oficiales sobre sostenibilidad podrían estar ocultando la realidad de un alto costo ambiental, poco compatible con las exigencias actuales contra el cambio climático. Según sus estimaciones, el evento podría emitir más de nueve millones de toneladas de CO₂, cifra que cuadruplica las emisiones del Mundial anterior.
Este contexto pone de manifiesto la compleja relación entre los grandes eventos deportivos y la responsabilidad ambiental en el siglo XXI. El fútbol, más allá de ser un espectáculo global, está en la mira como un actor que debe replantear sus modelos si quiere responder a los límites del planeta y a los reclamos sociales por prácticas más sostenibles.
