La dársena de La Marina en A Coruña estuvo a punto de sufrir una transformación profunda durante los años ochenta, bajo un proyecto que buscaba darle un aire mediterráneo muy distinto a su carácter atlántico tradicional. Esta propuesta, liderada por el arquitecto Ricardo Bofill, preveía la desaparición del muelle de Taresa para dar paso a un paseo peatonal que conectara la zona con el castillo de San Antón.
El diseño inicial planteaba convertir el puerto en un “centro de gravedad” para la ciudad, fomentando la inversión y actividad comercial durante todo el año. La propuesta incluía la creación de una calle central con terrazas y edificios de estilo modernista con galerías y piedra, con el fin de aportar una imagen más estética y atractiva. Su firmante fue el arquitecto británico Peter Hodgkinson, director del Taller de Arquitectura de Bofill, quien defendía que las nuevas construcciones debían adaptarse al clima local.
El proyecto giraba en torno a una plaza de agua delimitada por dos obeliscos y una columnata de dos alturas, que alojaría comercios y locales de ocio. Esta galería eliminaría la visibilidad del muelle de pescadores —valorado como poco estético según el plan— a pesar de que Bofill reconocía que las galerías de La Marina eran “la herencia arquitectónica más valiosa” de A Coruña y pretendía revalorizar este legado.
Además, se proponía construir un museo junto a la columnata y recrear un paseo comercial cubierto que llegaría hasta el área del hotel Finisterre, que debía ser derribado para facilitar la integración del nuevo espacio. El techo del paseo estaría a nivel del tramo superior de O Parrote, generando una conexión fluida entre el mar y la ciudad.
A pesar del respaldo oficial inicial y la presentación pública del proyecto, esta remodelación nunca pasó de la fase de maquetas y planos. La ciudad, con marcada identidad atlántica, rechazó la propuesta que imponía un modelo mediterráneo, quedando así esta ambiciosa transformación solo en papel.
