En 1840, Jerez de la Frontera inauguró un innovador y monumental coso taurino construido en madera, que cambió para siempre su historia taurina y social. Diseñada por el arquitecto Juan Daura, esta plaza era un enorme polígono de 16 lados con un graderío de dos niveles que podía albergar a más de 11.000 espectadores, un logro impresionante para la época.

Antes de este edificio fijo, la afición local debía contentarse con estructuras desmontables y temporales que ya no soportaban la creciente demanda de público. El nuevo coliseo, casi en su totalidad realizado con madera noble, ofrecía comodidad y capacidad inéditas, consolidando a Jerez como un importante centro taurino de la provincia de Cádiz.

Durante dos décadas, los principales toreros de España pisaron el albero de esta plaza y los festejos consiguieron dinamizar la economía local. Sin embargo, el 24 de junio de 1860, un violento incendio arrasó la estructura, consumiendo en pocas horas el sueño de Juan Daura y dejando solo cenizas donde alguna vez hubo un orgullo arquitectónico para los jerezanos.

La tragedia no frenó la pasión taurina de la ciudad, que dio lugar a la construcción de un nuevo recinto en piedra, hierro y estilos eclécticos, muy distinto al original de madera. Las reconstrucciones posteriores, en 1872 y 1894, dieron lugar a la plaza actual, donde todavía se conservan los cimientos del emblemático edificio del siglo XIX.

El Archivo Municipal de Jerez guarda los documentos originales de las obras, las actas capitulares y los planos del proyecto de Daura, que quedan como testimonio del importante legado arquitectónico y cultural que representó esta primera plaza fija. Los registros oficiales además confirman que la inauguración contó con una corrida protagonizada por toros de la ganadería Arias Saavedra, reflejando el impacto inmediato que tuvo esta construcción en la ciudad.