La noche de San Juan, que congrega a miles de personas en ciudades como Barcelona, ya no solo es una festividad; se ha convertido en un desafío para la salud pública y el medio ambiente. Las hogueras tradicionales, ubicadas cerca de edificios y en calles densamente pobladas, elevan las temperaturas locales y agravan las condiciones derivadas de las olas de calor prolongadas, generando lo que especialistas llaman el "efecto horno".
El asfalto y las fachadas absorben el calor durante el día y, al encender la hoguera, liberan radiación térmica que eleva aún más la temperatura ambiental, dificultando que las zonas urbanas se refresquen por la noche. Esta situación afecta especialmente a los residentes, quienes deben decidir entre abrir las ventanas y dejar entrar el humo contaminante o mantenerlas cerradas y padecer un ambiente sofocante en sus hogares.
Este problema se agrava en los sectores más vulnerables, donde la pobreza energética impide el uso efectivo de sistemas de aire acondicionado o ventilación. Personas mayores, niños y quienes padecen enfermedades respiratorias enfrentan un riesgo serio, mientras que las autoridades municipales mantienen los refugios climáticos abiertos solo durante el día, dejando desprotegidos a los ciudadanos en los momentos críticos de la verbena.
Hasta ahora, la organización municipal ha justificado las hogueras bajo la protección de la tradición cultural, estableciendo controles para evitar incendios accidentales en edificaciones o vehículos, pero sin considerar el impacto térmico y contaminante sobre la población que vive junto a estos puntos de fuego.
Ante esta realidad, colectivos vecinales, plataformas de justicia climática y organizaciones médicas proponen adaptar la celebración a los retos del siglo XXI. Entre sus demandas destacan la implementación de una pirotecnia de bajo impacto acústico para evitar ruidos estresantes, manteniendo los efectos visuales, pero eliminando los petardos ruidosos. También promueven limitaciones en la ubicación y tamaño de las hogueras para minimizar el estrés térmico y la contaminación atmosférica, priorizando la salud urbana.
Estos grupos alertan que posponer una transformación profunda de la verbena podría convertir esta tradición centenaria en una práctica incompatible con la salud ambiental y humana en contextos urbanos cada vez más afectados por la crisis climática.
