El 14 de junio se cumplen 98 años del nacimiento de Ernesto “Che” Guevara, una figura emblemática del siglo XX cuyo impacto trascendió las fronteras de su Argentina natal. Su infancia y juventud estuvieron definidas por una lucha constante contra el asma severo, que lo obligó a adaptarse y esforzarse para igualar a sus compañeros en las actividades cotidianas.

Proveniente de una familia con inclinaciones políticas y culturales, Guevara fue el primogénito de cinco hijos. Su madre, Celia de la Serna, cumplió un papel fundamental en su educación inicial, dándole clases en casa debido a las limitaciones de salud que le impedían asistir a la escuela regularmente. Este aprendizaje temprano fomentó en él una pasión profunda por la lectura, que mantuvo durante toda su vida.

La biblioteca familiar, con miles de libros que incluían clásicos de la literatura, historia, filosofía, psicología y hasta textos sobre Marx, Engels y Lenin, generó un ambiente que alimentó sus futuras convicciones políticas. Aunque la familia atravesaba frecuentes mudanzas y estancias en distintos campos y ciudades, el lugar que más acogió al joven Ernesto fue Mar del Plata, donde solía pasar las temporadas estivales en Playa Grande.

Estas experiencias rurales en estancias y haciendas le permitieron desarrollar habilidades prácticas como ordeñar y hacer manteca, así como disfrutar de juegos y deportes al aire libre, en contraste con su frágil condición física. Además, el apoyo y cercanía de familiares como sus tíos y su abuela paterna completaron un entorno afectivo y educativo que influyó en su crecimiento personal.

Desde su niñez, Ernesto Guevara mostró una combinación de resiliencia, interés intelectual y compromiso familiar que más tarde se reflejarían en su vida pública y política. La conmemoración de su nacimiento resalta no solo su rol como revolucionario, sino también las raíces formativas que forjaron su carácter y visión del mundo.