La carrera a pie ofrece un beneficio directo para fortalecer los huesos gracias a las fuerzas de impacto que se generan en cada zancada, según una investigación reciente. Al correr, el cuerpo soporta entre dos y tres veces su peso corporal en cada pisada, lo que activa las células encargadas de producir tejido óseo y favorece una mayor densidad ósea.
En cambio, el ciclismo, al desarrollarse en posición sentada y sin impacto vertical, no provoca una carga mecánica significativa sobre el esqueleto. Aunque las sesiones de resistencia puedan ser intensas, la falta de impacto impide la activación de los osteoblastos, células responsables de fortalecer los huesos. Esto puede resultar en una densidad ósea inferior en ciclistas que no complementen su entrenamiento con actividades de impacto.
El proceso clave para la mejora ósea es la mecanotransducción, donde el cuerpo convierte la señal mecánica del impacto en una respuesta biológica que aumenta la producción de colágeno y mineralización ósea. Sin este estímulo, el hueso mantiene un recambio basal sin mejorar su resistencia. Por tanto, no es la duración del ejercicio, sino la intensidad del impacto la que marca la diferencia para el refuerzo óseo.
Los expertos en biomecánica comparan este estímulo con un entrenamiento de fuerza específico para el sistema esquelético. La sobrecarga durante la carrera representa un "gimnasio" para los huesos, un estímulo que bien gestionado con descansos adecuados no resulta dañino sino beneficioso para su remodelación y fortalecimiento.
Además, la investigación destaca que para obtener esta ventaja, es necesario cumplir con una pauta mínima de sesiones con impacto. Esto implica realizar ejercicios o actividades donde el hueso reciba cargas suficientes para activar su respuesta adaptativa. Así, correr se posiciona como una actividad clave para mantener la salud ósea más allá de su efecto cardiovascular o muscular.
