Geminiano Herranz, nacido en 1930 en Abades, fue el último esquilador a tijera que mantuvo viva en la sierra segoviana una tradición ancestral, heredada de sus antepasados y practicada durante gran parte del siglo XX. Su trabajo consistía en esquilar rebaños de ovejas merinas y churas con tijeras manuales, una labor que demandaba fuerza, destreza y paciencia, en jornadas maratónicas que se extendían desde el amanecer hasta la caída del sol.

El oficio, ya desaparecido, era itinerante y se desarrollaba en cuadrillas de hasta una docena de hombres que se desplazaban por los pueblos y veredas de Segovia durante los meses de abril a junio. Con sus compañeros, Geminiano recorría localidades como Zamarramala, Valverde del Majano, Marugán y Revenga, llegando hasta las majadas de la Mujer Muerta y los montes Carpetanos donde los rebaños permanecían hasta el otoño.

Este trabajo exigía una técnica rigurosa para evitar dañar a las ovejas y para lograr un esquileo eficaz. Un operario experimentado podía esquilar hasta cincuenta animales diarios. Sin embargo, se requería una gran resistencia física para manejar unas tijeras diseñadas para abrirse paso entre el grueso y apretado vellón merino, una tarea que provocaba heridas en las manos y exigía conocimientos profundos del animal y el oficio.

La casa-esquileo de Cabanillas del Monte, conservada por Rodrigo Peñalosa, heredero de antiguas tradiciones ganaderas, fue escenario de numerosas demostraciones públicas donde Geminiano enseñaba a nuevas generaciones la técnica y el valor cultural del esquileo a tijera. Estas exhibiciones permitían conservar la memoria de un arte que fue fundamental en la economía y vida rural de la región.

La muerte de Geminiano, ocurrida recientemente a sus 96 años, marca el fin de una etapa. Su vida itinerante refleja el vínculo íntimo entre los hombres y el campo en una provincia que hasta no hace muchas décadas dependía fuerte y directamente de la ganadería extensiva. El recuerdo de su oficio, ligado a las tradiciones de la Mesta y la ganadería segoviana, permanece como testimonio vivo de un mundo rural que se transforma y desaparece.