Julián Andrés Quiñones, el futbolista que abrió el marcador en el partido inaugural del Mundial 2026 entre México y Sudáfrica, proviene de Magüí Payán, un área remota de Colombia cercana a la frontera con Perú, caracterizada por niveles extremos de pobreza y conflictos armados. En ese entorno difícil, donde las opciones suelen reducirse a caminos violentos o ilícitos, el fútbol fue para Quiñones la tabla de salvación que le permitió cambiar su destino y el de su familia.
Hace años, mientras la violencia marcaba su tierra natal con episodios como la masacre de 2017, en la que trece personas murieron a manos del Ejército de Liberación Nacional, Julián ya había dejado la región para probar suerte en el fútbol profesional. Su madre, Gloria, quien lo crió sola y mantuvo a cuatro hijas más, recuerda cómo el joven creció con la ausencia de su padre, un vacío que lo marcó pero que no frenó su dedicación al deporte.
Magüí Payán, ubicada en la conflictiva región de Nariño, combina la presencia de minas ilegales de oro con la actividad de laboratorios clandestinos de cocaína. Este contexto hostil hizo más difícil que Julián pudiera soñar con un futuro distinto, pero su perseverancia en la cancha fue firme. Desde niño, jugaba con cualquier objeto que simulara un arco y a los 16 años se unió a la escuela Fútbol Paz, vinculada con el club Tigres de México.
Aquel joven futbolista se presentó a la prueba con unas botas gastadas que dejaban al descubierto sus dedos, pero sus habilidades saltaron a la vista. Marcó cuatro goles en su primer partido, lo que le abrió las puertas a una carrera que lo llevó rápidamente a la Liga mexicana. En 2015, ya destacaba con el equipo filial de Tigres, registrando una impresionante cifra de goles que llamó la atención de clubes y scouts de ambos países.
Su carrera también tuvo hitos internacionales, incluyendo su aparición en la selección Sub-20 de Colombia y su participación en torneos regionales como el campeonato Sub-21 de los Centroamericanos. Pese a haber nacido en Colombia, en octubre de 2023 decidió adoptar la nacionalidad mexicana, consolidando su vínculo con el país donde logró forjar su futuro profesional.
Para Julián Quiñones, el fútbol no solo representó un talento deportivo, sino una metodología para «sacar a su familia adelante», como él mismo indicó en entrevistas. El compromiso con ese objetivo lo llevó a mantenerse alejado de influencias negativas en un entorno donde la violencia y el narcotráfico son opciones presentes desde la infancia. Su vida es un ejemplo de cómo el deporte puede ser un camino para superar la marginación y la pobreza extrema.
