La invasión napoleónica de la Península Ibérica actuó como el detonante inmediato para las guerras de independencia en América Latina, aunque no fue la única causa de la fragmentación imperial. Estas revueltas surgieron de un colapso interno de las monarquías española y portuguesa provocado por una transformación profunda en la legitimidad del poder político en Occidente.

El cambio crucial consistió en el tránsito del ejercicio del poder «por la gracia de Dios» a la legitimidad «en nombre de la nación». Las monarquías ibéricas no lograron adaptarse a esta nueva realidad, lo que puso en jaque sus estructuras políticas y sociales. En el caso portugués, la corte se trasladó a Brasil, manteniendo inicialmente la continuidad del orden político, mientras que en España, las abdicaciones forzadas de Bayona y la llegada de José I Bonaparte generaron una crisis de legitimidad que se tradujo en un conflicto civil y colonial.

Este conflicto fue entendido por muchos como una defensa del rey Fernando VII contra la usurpación francesa, impulsando rebeliones tanto en la Península como en las colonias americanas. La situación española se caracterizó por una ruptura con las formas jurídicas tradicionales, mientras que Portugal evitó una fractura semejante gracias al traslado de su monarquía a Brasil.

Respecto a la estructura política de España, con sus audiencias y cabildos, se apunta que pudo influir en la fragmentación, pero el fenómeno fue más complejo y no se limitó a esa organización.

El libro «La implosión de las monarquías española y portuguesa y el nacimiento de los nuevos estados nación iberoamericanos», coordinado por un equipo de investigadores de España y América y presentado en Casa de América, analiza estas dinámicas en profundidad, sosteniendo que las independencias fueron consecuencia de este colapso interno y no simplemente de un deseo previo de naciones coloniales por separarse.