La misa oficiada por el papa León XIV en Tenerife congregó a una multitud de aproximadamente 35.000 personas que resistieron la intensa ola de calor y las largas horas de espera para formar parte de este evento sin precedentes en Canarias. La ceremonia se celebró en el puerto de Santa Cruz, bajo un sol abrasador y comenzó con cerca de una hora de retraso, lo que obligó a los asistentes a permanecer expuestos al mediodía pleno.
Desde muy temprano, muchos fieles llegaron al lugar para asegurar su lugar, algunos desde primera hora de la mañana, equipados con sombreros, abanicos y provisiones para soportar la temperatura. Entre ellos, se encontraban grupos provenientes de diversas parroquias locales y de otras islas de la provincia, así como familias completas y jóvenes atraídos por la oportunidad única de ver al pontífice en Tenerife. Voluntarios se movilizaron para repartir agua y gorras, intentando aliviar el impacto del calor sobre la multitud.
El esfuerzo de los asistentes fue considerable, como el de Ana María García e Irene Gómez, que madrugaron desde un municipio cercano y viajaron con un grupo numeroso para no perderse la celebración. Ambas destacaron la emoción y el valor especial que tiene presenciar una visita papal que nunca antes se había realizado en las islas. La logística personal incluía alimentos y agua, con la intención de mantenerse durante todo el día.
A pesar de la preparación y cuidados, algunos momentos de la jornada requirieron la intervención de Cruz Roja por casos de desmayos y lipotimias, especialmente entre personas mayores, debido al tiempo bajo el sol directo. No obstante, la misa también atrajo a visitantes de fuera del Archipiélago, entre ellos una religiosa que viajó desde Bogotá para participar en esta ceremonia cargada de significado religioso y comunitario.
