Las ofertas públicas iniciales (OPV) recientes muestran una tendencia creciente hacia la reducción del free float, es decir, la proporción de acciones disponibles para el mercado tras la salida a Bolsa. Este ajuste responde a dos objetivos principales: asegurar una fuerte demanda durante la colocación y mantener el control mayoritario de los dueños o fundadores una vez que la empresa cotiza.
Un ejemplo extremo de esta práctica es SpaceX, que debutará en Nasdaq con apenas un poco más del 4% de sus acciones disponibles para el público inversor, mientras que su fundador conservará el 82% de los derechos de voto. Estudios de Goldman Sachs sobre miles de OPV en Estados Unidos muestran que, aunque el promedio de free float ronda el 24%, en las grandes operaciones suele descender hasta cerca del 7%.
En Europa esta tendencia condujo a una modificación regulatoria que redujo del 25% al 10% el porcentaje mínimo obligatorio para nuevas cotizadas. Además, los reguladores pueden autorizar niveles aún menores si garantizan suficiente liquidez. Este cambio impacta directamente en casos recientes como el de Cirsa, que vendió poco más del 18% de su capital, o Puig, que colocó cerca del 30% de sus acciones B, aunque estas solo representan el 8% de los derechos de voto del grupo.
El principal beneficio de esta reducción del free float es facilitar que la demanda iguale u supere la oferta durante el proceso de salida, el cual puede durar varias semanas y ser muy sensible a la volatilidad del mercado. Una base accionarial más concentrada permite a los bancos colocadores fijar precios más altos y ofrecer descuentos menos agresivos, favoreciendo a los vendedores.
Además, este modelo protege el control sobre la compañía para los accionistas iniciales, un aspecto clave para empresas familiares o fundadores que quieren seguir liderando, como en el caso de las tecnológicas. Así, se pueden ingresar inversores externos sin perder la dirección estratégica del negocio.
