Tras un exitoso paso por la última edición del Festival de Almagro con “Fuenteovejuna”, Rakel Camacho regresa para dirigir “Palabra de perro”, una pieza inspirada en “El coloquio de los perros” de Cervantes y escrita por Juan Mayorga. La dramaturga destaca la persistencia del Barroco en el presente, afirmando que las complejidades y tensiones de nuestro tiempo mantienen viva esa tradición literaria y estética.
Para Camacho, el teatro es un espacio donde se puede construir un mundo ideal, distinto al cotidiano, con la palabra como herramienta esencial. La palabra no solo genera el pensamiento sino que es el vehículo único de expresión y comunicación. Su obra pone en evidencia esta convicción al clausurar la función con el reclamo perruno de Berganza: perder la palabra implicaría perderlo todo.
Desde adolescente, Camacho tuvo una relación intensa con los clásicos barrocos. A los catorce años se fascinó con “El Quijote”, primero identificándose con la figura idealizada de Raquel Quijano y luego comprendiendo la riqueza de Sancho Panza, símbolo de la realidad cotidiana frente a la fantasía. Este acercamiento temprano se amplió hacia otros autores emblemáticos como Quevedo, Calderón y Lope, cuya vigencia subraya, aunque advierte que la condición humana permanece inmutable, lo que refuta la idea de que los clásicos requieren “actualizaciones” frecuentes.
La directora también reflexionó sobre la relación entre teatro y vida, revelando que si pudiera viajar en el tiempo elegiría el ágora de Atenas para dialogar con Sócrates y asistir a las fiestas dionisíacas, evitando sin embargo las duras realidades sociales del pasado, como la esclavitud. Este ejercicio anecdótico evidencia su interés por explorar las ideas clásicas sin renunciar a una mirada crítica sobre la historia.
En cuanto al comportamiento humano, Camacho señala como negativo el pachorrismo y la indolencia, así como la reactividad constante, factores que dificultan el diálogo y la reflexión profunda, ámbitos que el teatro busca fomentar. Por último, la entrevistada se mostró fascinada por los contrastes emocionales, cuestionando la posibilidad de un odio instantáneo.
