Diez años después del referéndum que marcó la salida del Reino Unido de la Unión Europea, los efectos del Brexit muestran un patrón claro. Contrario a lo temido en 2016, cuando la victoria del Brexit sembró incertidumbre y pánico institucional en Bruselas, el proceso no ha contagiado a otros países con oleadas de euroescepticismo. En cambio, la experiencia británica sirvió como una advertencia tangible, reforzando la unidad entre los Veintisiete miembros restantes.

El aislamiento económico y político que enfrentó el Reino Unido ha sido evidente. Entre las consecuencias más destacadas se encuentran la implementación de barreras arancelarias, una burocracia más compleja para el comercio y la falta de mano de obra en sectores clave. Además, el país sufrió una pérdida significativa de influencia geopolítica. Esta situación creó una suerte de «inmunización colectiva» que llevó a un mayor respaldo social hacia la Unión Europea, como reflejan las encuestas recientes que señalan que un amplio porcentaje de ciudadanos considera que su país ha salido beneficiado por la pertenencia al bloque.

El experto Jorge Tamames del Real Instituto Elcano sostiene que el Brexit ha sido un «jarro de agua fría» para los movimientos populistas y euroescépticos que en 2016 apostaban por la ruptura. La realidad puso en evidencia la complejidad del proceso y el estancamiento económico británico, revelando lo que Tamames califica como un «profundo fracaso» para el Reino Unido.

Este diagnóstico ha impulsado un cambio estratégico en partidos de extrema derecha y populistas que en su momento defendían la salida de la Unión Europea. Formaciones como la Agrupación Nacional en Francia o el Partido por la Libertad en los Países Bajos han ido abandonando el discurso de ruptura para intentar normalizarse y actuar desde dentro del Parlamento Europeo. Según un informe de la Foundation for European Progressive Studies, este giro busca «reformar la Unión desde sus propias estructuras» en lugar de confrontarla frontalmente.

La creciente representación electoral de estos grupos dificultó mantener el tradicional aislamiento político conocido como «cordón sanitario». En lugar de intentar bloquear propuestas, ahora buscan influir en las agendas europeas desde la Eurocámara para lograr cambios desde adentro, marcando una etapa nueva en la relación entre la Unión Europea y sus críticos más radicales.