El ataque aéreo ocurrido en Gernika en 1937 no solo significó una violenta destrucción física, sino también el inicio de un enfrentamiento en el campo de la información. Mientras el corresponsal del New York Times George Steer documentó detalladamente las tres horas de bombardeo con aviones alemanes y italianos, algunos medios alineados con el franquismo difundían relatos falsos para desvirtuar lo sucedido.
Steer describió cómo se alternaron ataques con granadas, ametralladoras y bombas incendiarias, diseñados para desorientar a la población y provocar un incendio masivo que no solo destruyó casas, sino también cobró la vida de quienes buscaban refugio. Su testimonio directo fue clave para dejar constancia de la atrocidad y contrarrestar la manipulación.
Por contraste, algunos diarios franquistas publicaron semanas después versiones que acusaban falsamente a los defensores republicanos de haber incendiado el pueblo, con titulares que buscaban deslegitimar a sus adversarios y justificar el bombardeo. Estos textos propagandísticos ilustran cómo la desinformación ha acompañado siempre a los conflictos bélicos.
Desde entonces, la crónica rigurosa y el testimonio de sobrevivientes han confirmado la verdad de aquel suceso, subrayando el papel fundamental de un periodismo comprometido con la decencia y la precisión frente a las falsas narrativas que confunden y manipulan a la opinión pública.
