La historia militar española en el norte de África durante el siglo XIX refleja una transición clave: la transformación de fuerzas auxiliares indígenas en unidades militares profesionales bajo mando español. Tras la retirada definitiva de Orán en 1792, no se abandonó la colaboración con los combatientes musulmanes locales; más bien se desarrolló un modelo renovado que combinaría el conocimiento del terreno y la preparación militar.
En 1864 se formalizaron las Fuerzas Indígenas de la Berbería, destinadas a reforzar la defensa de plazas estratégicas como Ceuta y Melilla. Estas unidades se organizaron con un mayor rigor disciplinario y dependencia directa de las autoridades españolas, manteniendo, no obstante, elementos culturales y de vestuario tradicionales marroquíes, como la chilaba o el turbante. Esto representó una evolución de los antiguos Mogataces, con quienes compartían la función de vigilancia fronteriza, reconocimiento territorial y mediación con las tribus locales.
La Guerra de África de 1859-1860 dejó en claro que las tropas llegadas desde España no podían garantizar la seguridad de los enclaves sin el apoyo de guerreros autóctonos, cuya experiencia en el terreno era indispensable para la obtención de información y la movilidad en zonas escarpadas. La victoria española en ese conflicto reforzó la necesidad de construir una fuerza indígena profesionalizada que pudiera operar bajo mando español, pero con profunda comprensión del contexto local.
Con el incremento de la influencia española en el norte de Marruecos durante la segunda mitad del siglo XIX, la conformación de estas fuerzas se volvió imprescindible. Su doble identidad, híbrida entre tradición y disciplina militar moderna, facilitó la integración de combatientes nativos en una estructura que evolucionaría hasta convertirse en las prestigiosas Fuerzas Regulares Indígenas, consideradas un modelo exitoso dentro de la historia castrense española.
