Mucho antes de la creación del Estado de Israel, Mahatma Gandhi ya se había pronunciado sobre la situación en Palestina desde una perspectiva moral y política, planteando dudas sobre la justificación de establecer un hogar nacional para los judíos en tierras habitadas mayoritariamente por árabes.
En 1938, poco después de la Noche de los Cristales Rotos y en plena persecución nazi contra los judíos, Gandhi escribió en su periódico Harijan que, a pesar de su simpatía por la tragedia judía, no podía aceptar el desplazamiento y la reducción de los derechos de los árabes en Palestina. Afirmó que Palestina pertenecía a los árabes en la misma medida que Inglaterra pertenece a los ingleses o Francia a los franceses y calificó como “un crimen contra la humanidad” el intento de establecer allí un hogar judío a costa de los habitantes árabes.
Estas reflexiones se anticiparon a un conflicto que, tras la creación del Estado de Israel, derivó en un proceso continuo de ocupación, desplazamiento y limpieza étnica que aún persiste. A partir de entonces, el debate sobre el “derecho de Israel a existir” ha sido objeto de críticas académicas por su ausencia de reconocimiento en la legislación internacional y por limitar las reivindicaciones palestinas a una declaración previa de renuncia a la violencia.
Así lo señalan expertos como Rawan Abhari, del Quincy Institute for Responsible Statecraft, y el escritor palestino Mohammed El-Kurd, quienes explican que este planteamiento obliga a los palestinos a justificar moralmente su resistencia antes de ser escuchados. Esto desvía la conversación de las realidades concretas del despojo, la ocupación militar y la apatridia, reemplazándola por promesas abstractas de no violencia, condición previa para iniciar cualquier diálogo.
El contexto histórico y los pensamientos de Gandhi también conectan con otras voces de resistencia, como la de Nelson Mandela, quien reconoció la elección de la paz cuando es posible, pero no descartó la violencia como última alternativa frente a la opresión.
