La capital mexicana se prepara para ser sede del Mundial 2026, pero a diferencia de las grandes fiestas futboleras de décadas pasadas, el ambiente en las calles y alrededor del estadio Ciudad de México se percibe menos apasionado y más volcado en otros temas. La llamada ‘manita de gato’ aplicada al inmueble conocido históricamente como estadio Azteca apenas logra darle un aire nuevo, con retoques en pintura y nuevas áreas verdes.

Alrededor del estadio, las gigantescas banderas que lucen las selecciones participantes destacan en las redes sociales, pero la realidad a pie de obra se muestra diferente: predominan los muros en colores morado y blanco, así como imágenes del ajolote, símbolo promovido por la Alcaldía de Iztapalapa que se ha convertido en un ícono visible en varios espacios urbanos cercanos.

Este fenómeno, denominado por los habitantes locales como “ajolotización”, refleja el interés por impulsar una identidad local vinculada a esta especie endémica, presente incluso en vagones del Metro. Sin embargo, la ambientación futbolística no ha alcanzado la efervescencia ni la presencia multitudinaria que caracterizó otros mundiales realizados en la Ciudad de México en el pasado.

El proceso de acreditación para acceder a la cobertura del evento evidenció también dificultades organizativas, con largas esperas bajo el sol para la entrega de credenciales oficiales. Figuras del deporte y la prensa, así como distintos participantes, sufrieron retrasos considerables que demuestran la necesidad de mejorar la logística para eventos de esta magnitud.

En conjunto, la preparación para el Mundial muestra un contraste entre la imagen proyectada en redes sociales y la realidad del entorno metropolitanos: una ciudad que busca nuevo impulso con obras y símbolos locales, pero que aún no alcanza el fervor masivo y el ambiente internacional esperado para un torneo de esta envergadura.