Durante las últimas semanas, Albania ha sido escenario de un movimiento ciudadano que combina la defensa ambiental con la crítica a la corrupción gubernamental. Los manifestantes se oponen a dos grandes megaproyectos turísticos vinculados a Jared Kushner e Ivanka Trump, que amenazan ecosistemas protegidos y terrenos costeros emblemáticos.
El impulso de estas inversiones, valoradas en miles de millones de euros, ha generado un fuerte rechazo social. Uno de los focos de conflicto es Zvërnec, un pueblo pesquero cercano a la laguna de Vjosa-Narta, área protegida que sirve de refugio para flamencos rosas, así como para focas y tortugas marinas. El otro punto es la isla de Sazan, antigua base militar comunista que llamó la atención de Ivanka Trump y que ahora será objeto de un complejo hotelero de lujo.
Estos proyectos forman parte de un acuerdo con Affinity Partners, fondo de inversión vinculado a Kushner, que adquirió terrenos frente al mar en zonas muy próximas a espacios naturales protegidos. El gobierno albanés ha declarado como inversor estratégico a la empresa encargada del desarrollo, lo que ha incrementado las críticas pues se percibe una falta de transparencia y exclusión de la población local de los beneficios.
En las protestas, que han recorrido ciudades como Tirana, se escuchan consignas como «Albania no está en venta» y «Ivanka, vete a casa», y los manifestantes señalan que no rechazan la inversión extranjera en sí misma, sino el impacto ambiental y social de estos proyectos. Jóvenes denuncian que, en los complejos de lujo previstos, la mayoría de los habitantes terminarán desempeñando labores subalternas como limpieza o jardinería.
Las movilizaciones adoptaron como símbolo al flamenco rosa, presente en pancartas, disfraces, banderas e incluso versiones modificadas de la insignia nacional, en señal de protesta por la amenaza sobre los hábitats naturales. Sin embargo, el descontento trasciende la cuestión ecológica y apunta directamente a las figuras políticas más emblemáticas del país, el primer ministro Edi Rama y el líder opositor Sali Berisha, a quienes consideran responsables de mantener un sistema corrupto durante décadas.
El movimiento, bautizado popularmente como «la revolución de los flamencos», refleja un hartazgo más profundo hacia la desigualdad, la opacidad en las decisiones públicas y la apropiación de bienes nacionales por parte de oligarcas y capitales extranjeros en alianza con sectores del poder local.
