La noche de Sant Joan se vive con intensidad en la Ribagorça, Pallars Sobirà y Alt Urgell gracias a la celebración de las bajadas de fallas, una tradición de fuego reconocida como Patrimonio Mundial por la UNESCO. En la Ribagorça catalana y aragonesa, localidades como Pont de Suert, Vilaller, Casós, Boí, Gotarta, Montanuy y Les Paüls congregan a cerca de mil fallaires que descienden con las tradicionales antorchas encendidas.
En el Pallars Sobirà, las bajadas se desarrollan en simultáneo en Isil, Alins y Espot, coincidiendo con las fiestas mayores de estas poblaciones. En Isil, la ceremonia inicia al encender una falla en la plaza al ponerse el sol, momento que marca el arranque del descenso desde el monte Airoto. Antes de depositar las fallas en la hoguera, los participantes realizan un ritual en la iglesia de Sant Joan, donde trazan siete cruces cabalísticas en la puerta principal.
Mientras tanto, en Les también se celebra la festividad con la quema del Haro, una estructura que permanece plantada desde el año previo. Este 2026 se suma la apertura al público del Museo Casa deth Haro, un espacio dedicado a preservar y difundir la historia de las fiestas del fuego en la región.
La Val d’Aran presenta su propia peculiaridad con la fiesta del Taro en Arties, donde se arrastra esta figura por las calles acompañada de música y cantos hasta el ayuntamiento, sumando otro elemento cultural a las celebraciones pirenaicas.
En el Alt Urgell, la localidad de Alàs ha recuperado una tradición documentalmente datada desde 1543. Allí, hasta ochenta fallaires participan en el descenso desde la ermita de les Peces hasta el pueblo. Esta veterana costumbre incluye música tradicional del Ball Pla y actividades para niños, además de transmisiones en vivo desde una pantalla instalada en la plaza principal para acercar la fiesta al público local.
Las actividades de estos días forman parte de un calendario que comenzó con las bajadas en Senet y Bonansa y continuará en próximas fechas con eventos en Neril, Castanesa, Noals, Llavorsí, València d’Àneu, Barruera y Aneto. Este ritmo ininterrumpido evidencia la vitalidad de las circunstancias históricas y culturales que ahora atraen un flujo creciente de visitantes a la zona en la época del solsticio de verano.
