Fidel Castro llegó de manera sorpresiva a Tenerife para una corta escala en la que destacó la labor incansable de los canarios en Cuba, especialmente en la agricultura del tabaco. Durante un encuentro improvisado con la prensa, el líder revolucionario subrayó que los cubanos intentan emular las costumbres laborales y personales del pueblo canario.
Su visita, de menos de un día, ocurrió en pleno distanciamiento diplomático con el gobierno español de José María Aznar, quien recientemente aprobó medidas más estrictas contra Cuba después de la ley Helms-Burton. A pesar de la tensión política, Castro mantuvo un tono sobrio, asegurando no tener reclamos directos con Madrid y expresando su preocupación por la creciente desigualdad global, señalando las protestas en Europa contra políticas de austeridad.
La llegada del mandatario cubano estuvo plagada de dificultades logísticas debido a la presión política del gobierno español, que intentó minimizar su presencia. Un error policial desvió la comitiva por un acceso en obras, lo que no pasó desapercibido para Castro, quien hizo un comentario con humor acerca del esfuerzo físico para llegar al lugar de la rueda de prensa al aire libre.
Durante el breve acto público en Tenerife, Castro recordó con orgullo su ascendencia canaria, resaltando su identidad como cubano revolucionario. Su discurso incluyó críticas veladas a la tecnología y al desarrollo económico que no solucionan problemas básicos como el hambre, en un contexto de descontento mundial por la distribución desigual de la riqueza.
El ministro de Asuntos Exteriores español de entonces, Abel Matutes, advirtió en privado sobre las posibles consecuencias diplomáticas de la visita, reflejando la delicada relación entre España y Cuba en ese momento. Sin embargo, Fidel Castro mantuvo firme su posición y su mensaje durante toda su corta estancia, que dejó una impronta significativa en las autoridades canarias y el público local.
