El exministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, expresó su preocupación por el desconocimiento que tienen las nuevas generaciones sobre el asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco, ocurrido hace casi tres décadas, y sobre el movimiento social que surgió tras ese hecho, conocido como el “Espíritu de Ermua”. Según Mayor Oreja, esta falta de memoria histórica refleja una incapacidad para entender el presente y abre la puerta a reinterpretaciones que intentan presentar a miembros del entorno de ETA como defensores de la paz.
Mayor Oreja destacó que el asesinato de Blanco detonó una movilización ciudadana sin precedentes en España, con un rechazo contundente al terrorismo de ETA. Sin embargo, señaló que ese relato de unidad y firmeza se ha ido diluyendo entre la juventud, que hoy desconocería la gravedad y el significado real de aquellos acontecimientos. El exdirigente subrayó la importancia de preservar la verdad frente a versiones que buscan restaurar falsas leyendas sobre la banda terrorista y sus simpatizantes.
En sus recuerdos, Mayor Oreja describió los días en torno al asesinato como una etapa de contrastes emocionales: la euforia inicial causada por la liberación de José Antonio Ortega Lara fue rápidamente opacada por el lento y cruel asesinato de Miguel Ángel Blanco. Rememoró cómo las fuerzas de seguridad desplegaron un amplio operativo para hallar al concejal, lo que se comparó con “buscar una aguja en un pajar”, y aseguró que en ningún momento el Gobierno consideró ceder ante las exigencias de ETA para trasladar a sus presos a cárceles vascas.
Sobre las gestiones para la liberación, Mayor Oreja negó que el Ejecutivo haya mediado directamente con los secuestradores, aunque aceptó que el periodista Pedro J. Ramírez intentó facilitar contactos indirectos con una figura cercana a ETA para obtener información. Destacó que dichas acciones fueron percibidas por el Gobierno como gestos de “facilitación” y no de negociación.
Finalmente, el exministro destacó que el movimiento ciudadano generado después del asesinato provocó una gran inquietud en el PNV, dada la fuerza y la unidad social frente al terrorismo. Este rechazo popular, dijo, marcó un antes y un después en la lucha contra ETA y consolidó el llamado “Espíritu de Ermua” como símbolo de la resistencia democrática.
