Las próximas elecciones autonómicas en Andalucía podrían marcar un punto de inflexión para María Jesús Montero, quien hoy es una de las figuras más influyentes dentro del PSOE a nivel nacional y regional. Los sondeos internos indican un desplome significativo en la representación socialista, con estimaciones que sitúan los escaños muy por debajo de los resultados obtenidos en comicios anteriores, lo que reflejaría una pérdida de apoyo semejante a una derrota histórica para la formación en esa comunidad.
Este escenario no solo impacta en lo electoral, sino que genera un profundo cuestionamiento sobre la autoridad política de Montero dentro del partido. Su posición como número dos del PSOE y responsable orgánica del territorio andaluz estaría en riesgo si el mal resultado se confirma, poniendo en duda su capacidad para mantener el control desde Ferraz. En varias federaciones socialistas ya circula la hipótesis de que Montero podría verse forzada a abandonar la secretaría general del PSOE en Andalucía.
Ante esta situación, la hoja de ruta que se vislumbra implicaría que Montero mantenga inicialmente un escaño en el Parlamento autonómico, soporte la presión política durante el verano y posteriormente asuma un cargo en Madrid, probablemente como senadora por designación autonómica. Esta maniobra estratégica permitiría ganar tiempo para preparar una transición ordenada en Andalucía y, al mismo tiempo, reubicar a una dirigente clave en una función institucional relevante, como la portavocía socialista en el Senado.
Más allá de la suerte de Montero, el impacto electoral amenaza con desbaratar la estrategia implementada por Pedro Sánchez para fortalecer al PSOE mediante el liderazgo directo de ministros en las federaciones regionales. Un antecedente similar se vivió en Aragón con el retroceso de Pilar Alegría frente a un candidato popular, generando inquietud sobre la eficacia de esta fórmula.
En Ferraz empiezan a percibir que postular a ministros como candidatos autonómicos no consolida el poder territorial del partido, sino que traslada derrotas locales al ámbito nacional y erosiona de manera significativa el liderazgo de Sánchez. La crisis en Andalucía, si se materializa en los términos anticipados, podría agravar esta percepción y abrir un debate interno sobre el modelo de gestión territorial del partido.
