Caracena, antaño cabecera de una vasta Comunidad de Villa y Tierra, conserva pocas huellas de su esplendor medieval, pero en el siglo XVII recibió un legado significativo de Mariana Carrillo de Toledo, marquesa viuda de Santisteban del Puerto. En 1669, representantes de la villa informaron a Alonso de Peregrina y Lorenzana, visitador general del obispado de Sigüenza, sobre la entrega de joyas de plata destinadas al servicio de las parroquias de San Pedro y Santa María, donadas por la marquesa.

Mariana Carrillo de Toledo provenía de una familia noble con fuertes lazos aristocráticos. Hija del primer marqués de Caracena y de la descendiente de los marqueses de Almazán y condes de Monteguado, contrajo matrimonio primero con Pedro Rodríguez de Fonseca, marqués de Orellana, y tras enviudar, con Francisco de Benavides y de la Cueva, conde de Santisteban del Puerto. Sin descendencia, dedicó parte de su fortuna y voluntad para beneficiar a la iglesia y a los pobres.

Según el testamento que dejó sellado en 1651, la marquesa asignó un censo considerable a su sobrina Isabel de Velasco, con la obligación de encargar 200 misas anuales por su alma mientras viviera, que debían celebrarse en la iglesia de San Pedro. Además, destinó fondos para la dote de doncellas huérfanas y para limosnas a los necesitados, consolidando así un compromiso social junto con sus donaciones materiales.

Las piezas entregadas a la villa incluyen, entre otras, una salva de plata con grabados de armas, vinagreras con pies y tapadores tallados, de notorio valor y simbología heráldica. Estos objetos estaban destinados a embellecer y dotar de recursos litúrgicos a las parroquias, fortaleciendo la presencia eclesiástica en una villa que mostraba sus signos de decadencia física pero mantenía vivas sus tradiciones.