La supervivencia y el crecimiento óptimo de los corderos dependen en gran medida de la calidad y manejo del calostro que reciben inmediatamente después de nacer. Este líquido aporta inmunoglobulina G (IgG), energía y nutrientes esenciales, siendo la principal fuente de inmunidad pasiva para los recién nacidos, cuyos sistemas inmunitarios aún están inmaduros.
Un manejo efectivo del calostro se basa en la conocida regla de las ‘5Q’, que establece cinco parámetros clave para maximizar sus beneficios: Calidad, Cantidad, Rapidez (Quickness), Higiene y Cuantificación. Controlar cada uno de estos aspectos es crucial para garantizar la absorción adecuada de anticuerpos y, en consecuencia, la protección del cordero frente a enfermedades.
La Calidad se mide por la concentración de IgG en el calostro, la cual debe superar los 50 g/L para considerarse óptima. Para garantizarlo, se recomienda emplear refractómetros, ya que el aspecto visual del calostro no es un indicador confiable de su valor inmunológico. Además, la Cantidad administrada debe ajustarse al peso del cordero, con una dosis recomendada de aproximadamente 8 g de IgG por kilogramo de peso corporal, lo que suele equivaler a entre 640 mililitros y un litro en corderos de tamaño medio.
La Rapidez es uno de los factores más determinantes, ya que la permeabilidad intestinal a los anticuerpos disminuye rápidamente desde el nacimiento. La máxima absorción ocurre en las primeras dos horas de vida y casi cesa a las 20 horas, por lo que se debe administrar el calostro lo antes posible. Paralelamente, la calidad del calostro se deteriora con el tiempo, perdiendo IgG de forma acelerada.
La higiene durante la administración del calostro también es fundamental para prevenir infecciones que comprometan la salud del cordero y la eficacia de la transferencia inmunitaria. Altas cargas bacterianas en el calostro interfieren con la absorción de anticuerpos. Por último, la Cuantificación implica evaluar el éxito de esta transferencia midiendo los niveles de IgG en sangre del cordero entre 24 y 48 horas después de nacer, con valores superiores a 15 g/L como indicador de una buena protección.
Este proceso es vital porque la placenta ovina no permite el paso de anticuerpos, dejando al recién nacido sin defensas inmunitarias al momento del parto. La transferencia pasiva a través del calostro es entonces el único mecanismo para que el cordero enfrente los agentes patógenos del entorno durante sus primeras semanas de vida.
