La omnipresencia de dispositivos electrónicos en el día a día genera un desgaste mental creciente. La navegación continua, el uso intensivo de móviles y la sobreestimulación digital afectan la capacidad para desconectar, deterioran la concentración y alteran el descanso, impactos observados tanto en adultos como en menores.
Durante un evento celebrado en la Fundación Cajasol de Sevilla, especialistas de psicología y coaching analizaron estas problemáticas desde distintos enfoques. Coincidieron en que la tecnología ofrece beneficios claros, pero su uso descontrolado produce consecuencias psicológicas y sociales que aún están poco estudiadas y ya comienzan a evidenciarse en la población.
Una de las alertas más contundentes fue la relación entre la hiperconexión y los trastornos emocionales. Pacientes jóvenes con un consumo diario de cerca de ocho horas de teléfono móvil sufren daños en su sistema nervioso y cognitivo, resaltó una de las profesionales. Además, en la práctica clínica es frecuente identificar el uso problemático de redes sociales como un factor presente en distintos trastornos.
El impacto en la infancia y adolescencia fue otro aspecto central. Los niños crecen inmersos en estímulos visuales y sonoros constantes, lo que dificulta que puedan aburrirse o manejar situaciones sin la mediación de pantallas. Asimismo, la pandemia ha exacerbado problemas de aislamiento emocional y déficits en las habilidades sociales entre los jóvenes.
Desde una perspectiva laboral, se destacó el aumento del estrés vinculado al entorno digital: un estudio internacional reflejó que la proporción de trabajadores con estrés se incrementó notablemente en la última década, atribuido en parte a la hiperconectividad y las demandas tecnológicas. Esto impacta en la salud mental de la población activa y requiere atención.
Ante este escenario, movimientos sociales arremeten para mantener un equilibrio y establecer límites en el uso de dispositivos, especialmente en niños y adolescentes. La reflexión común en el encuentro fue que recuperar una “mente clara” exige gestionar la relación con la tecnología, balancear su utilidad con el cuidado de la salud mental y fomentar hábitos digitales más saludables.
