La princesa Mette-Marit de Noruega fue intervenida para recibir un trasplante de pulmón, un paso crucial tras enfrentar una grave enfermedad respiratoria crónica que había deteriorado considerablemente su salud. Hasta hace poco, dependía de un dispositivo que le suministraba oxígeno, pero con esta operación se espera aliviar su condición y mejorar su bienestar general.

Esta intervención llega luego de un período en el que la princesa había reducido notablemente su actividad pública debido a su frágil estado de salud. Su última aparición fue durante el desfile infantil celebrado en el Palacio Real de Oslo, donde se la pudo ver con dificultades para respirar y recurriendo finalmente al uso de la máquina de oxígeno, un indicio visible de la gravedad de su situación.

Desde entonces, Mette-Marit canceló la mayoría de sus compromisos oficiales, dejando gran parte de las responsabilidades protocolares a su esposo, el príncipe heredero Haakon. Esta ausencia constante provocó preocupación dentro y fuera del país, pues su estado revelaba una lucha prolongada contra la enfermedad respiratoria que la afecta desde hace años.

El trasplante se produce en un contexto personal complicado, dado que su hijo mayor, Marius, afrontó recientemente una condena judicial. Marius, fruto de una relación previa de la princesa con el empresario Morten Borg, fue sentenciado a prisión por delitos graves cometidos contra varias jóvenes, algunos de ellos ocurridos en la residencia familiar de Skaugum. Este episodio ha generado una atmósfera difícil en el entorno cercano a la princesa, aunque ni ella ni el príncipe heredero fueron llamados a declarar ni se les atribuye conocimiento sobre los hechos.

El trasplante representa un avance médico significativo que busca estabilizar y prolongar la vida de Mette-Marit, quien ha mostrado fortaleza frente a años de una enfermedad crónica que impactó su rutina y obligaciones reales.