Prohibir el acceso a redes sociales para menores de 16 años, una medida adoptada por algunos gobiernos para abordar la crisis de salud mental juvenil, no cuenta con respaldo científico directo y podría ser contraproducente. Esta conclusión surge de un análisis reciente realizado por un equipo de la Universidad de California Irvine, que revisó diversos estudios experimentales sobre el impacto de restringir plataformas como Instagram, TikTok o Snapchat.

La investigación reveló que no existe evidencia experimental que evalúe este tipo de prohibiciones en adolescentes, dado que los estudios previos se han centrado en adultos. Los datos obtenidos en estos grupos muestran resultados variados, mayormente débiles o nulos, y en muchos casos indican que limitar el uso de redes genera efectos adversos como mayor sentimiento de soledad o menor satisfacción vital.

Además de la incertidumbre sobre los beneficios, expertos advierten sobre consecuencias indirectas negativas. Las redes sociales sirven como canales de acceso a recursos educativos, actividades e información relevante que muchos jóvenes utilizan. Restringirlas podría entorpecer estas conexiones y aumentar el aislamiento. Por otro lado, existe la posibilidad de que los adolescentes evadan las limitaciones mediante cuentas falsas o navegación anónima, lo que dificulta la supervisión parental y la aplicación de herramientas de protección diseñadas para menores.

Desde la neurociencia, se señala que el cerebro adolescente está en desarrollo, especialmente en áreas relacionadas con el control de impulsos y la toma de decisiones. Los algoritmos de las plataformas, orientados a activar circuitos de recompensa cerebral a través de notificaciones y «likes», interactúan con esta etapa neurológica. Sin embargo, en lugar de optar por prohibiciones, se propone fomentar la alfabetización digital, dotando a los jóvenes de habilidades para un uso responsable y crítico de las redes.