Alejandro Díaz, un adolescente con trastorno del espectro autista (TEA), desafió las normas de género y edad en el deporte al participar en competiciones oficiales femeninas de voleibol, abriendo camino para la inclusión. Esta innovación fue posible gracias a la gestión de licencias adaptadas que flexibilizan las categorías tradicionales y contemplan necesidades específicas.

Desde 2019, el promotor Jorge Fortes ha trabajado para que niños y jóvenes con diversas discapacidades obtengan permisos especiales para jugar deportes, empezando con fútbol y extendiéndose a voleibol. Esta labor logró que la Federación Gallega de Fútbol creara la licencia PDA (persona discapacitada autorizada), beneficiando a más de cincuenta jugadores con discapacidades intelectuales, déficit visual, TDH y TEA, quienes pueden competir con grupos más adecuados a su realidad.

La historia de Alejandro comenzó en 2022, cuando Fortes conoció a su familia tras mudarse a Monforte. Alejandro, entonces de 13 años, mostraba un particular interés por el voleibol pero enfrentaba dificultades para integrarse. Los desafíos eran mayores que ajustar la edad o la condición física; se requería construir confianza y vínculos dentro del equipo. En octubre de 2023, se logró tramitar la primera licencia nacional que autoriza a un niño a competir en una estructura femenina, permitiendo que Alejandro jugara en el equipo alevín B del Club Volei Ribeira Sacra, rompiendo las barreras de discapacidad y género.

A lo largo de la temporada, Alejandro apenas disputó partidos debido a que no lograba crear la conexión necesaria con su entrenador. Para evitar que abandonara, Fortes le ofreció la opción de jugar junto a su hija Alba, quien siempre ha colaborado con el proyecto inclusivo de su padre y desarrolló una relación especial con Alejandro. Esta alianza no solo facilitó su participación activa, sino que también elevó su calidad de vida: gracias al voleibol, Alejandro empezó a consumir alimentos sólidos y, con Alba, pudo probar su primer helado.

El caso de Alejandro representa un avance simbólico y práctico en la adaptación del deporte a la diversidad funcional y social, mostrando que las categorías tradicionales pueden modificarse para favorecer la inclusión. La iniciativa subraya la importancia de construir entornos de confianza que permitan la integración real de personas con capacidades diferentes.